Rosquillas de San Isidro

¡Hola canallas!

Lo primero, primerísimo, quería disculparme con todos vosotros porque, como habéis podido comprobar, este domingo no ha habido publicación en La Despensa…os prometo, que, en la medida de lo posible, no volverá a pasar, pero entre trabajo, recién estrenada paternidad, etc., me ha sido imposible escribir algo que mereciese la pena. También os tengo que pedir disculpas por traeros esta receta dos días después de la celebración de San Isidro, aunque seguro que no os habéis quedado sin vuestra ración de rosquillitas, ¿verdad? Yo me he hinchado, pero de hacerlas, no de comerlas, os lo prometo.

Y es que, si hubiera que señalar un plato dulce de la gastronomía madrileña, sin duda serían las rosquillas. Ya sean tontas, listas, francesas o de Santa Clara (o de “mejunjes varios” que se dejan observar tras las vidrieras de algunas pastelerías) no pueden faltar en la celebración de uno de los días grandes de mi tan querido Madrid.

Al parecer, la tradición señala que estos pequeños manjares se popularizaron en las fiestas de la capital por una tal Tía Javiera. Tan importante fue para la fiesta como la conocemos hoy que, los madrileños todavía la pasean en forma de gigante y cabezudo por los pasacalles y festejos de la ciudad. Además, también fue retratada por Jacinto Benavente en 1950, lo que nos da cierta credibilidad del personaje, aunque poco sabemos de ella:

Quizá de ninguna golosina pueda ofrecerse tanta variedad en sabor, tamaño y aspecto […] Las llamadas del Santo son de tres clases: las tontas, las de Fuenlabrada o yema; y las de Villarejo de Salvanés, o de la Tía Javiera, que por rosquillas hizo famoso su nombre y el de su pueblo. Por haber sido mi padre médico titular de Villarejo de Salvanés y por ser de allí mi madre, he tenido cabal noticia de la verdadera Tía Javiera y de su descendencia […] Cuando yo nací ya no existía la Tía Javiera, que, en efecto, no había dejado ni tías ni sobrinas, pero sí una sobrina segunda que todos los años, por San Isidro, venía a Madrid y tenía su puesto con las más legítimas rosquillas de Villarejo y de la Tía Javiera.”

Tal fue la popularidad de la rosquillera que, tras su muerte, muchos artesanos se subieron al carro y fingieron ser parientes cercanos de la Tía Javiera y vendían sus rosquillas haciéndolas pasar por las originales, de ahí el sainete popular que reza: “Pronto no habrá, cachipé, en Madrid duque ni hortera que con la tía Javiera emparentado no esté”

Es difícil saber al cien por cien la veracidad de personaje tan popular, pero, por si acaso, las que hacemos hoy, se las dedicamos a la querida tía Javiera. Y ya veréis que fácil, se venden solitas, como rosquillas.

Ingredientes (10 – 12 unidades)

350 gr. de harina floja

4 huevos

120 gr. de azúcar

7 cdas. de aceite de oliva

2 cdas. de anís en grano

3/4 de sobre de levadura química

1 limón

Para el glaseado:

400 gr. de azúcar glace

1/2 limón

2 claras de huevo

En primer lugar, ponemos a tostar los anises en una sartén, hasta que desprendan su aroma y cambien ligeramente de color. Pasamos al mortero y machacamos.

En un bol, batimos los huevos junto con el azúcar hasta que hagan espuma. Añadimos la ralladura del limón, los anises y el aceite. Mezclamos e incorporamos la harina y la levadura tamizadas poco a poco, hasta formar una masa homogénea y un poco liquida, parecida a la de los churros. Tapamos el bol y dejamos reposar la masa en la nevera, mínimo una hora (se va a endurecer un poco y nos va a facilitar el trabajo).

Pasado el tiempo, sacamos la masa y, con las manos bien aceitadas, hacemos bolitas que aplastamos ligeramente para hacerlas un agujero. Precalentamos el horno a 200 – 220 grados y metemos unos 20 minutos. Cuando estén doraditas y ligeramente cuarteadas en su superficie, las retiramos y dejamos enfriar en una rejilla.

A las rosquillas “tontas” las vamos a dar un ligero baño en huevo batido y metemos en el horno otros 3 o 4 min y ya estarán preparadas.

Ahora preparamos el baño de las listas. En un cuenco en el que nos sea cómodo15052017-IMG_2830 introducir las rosquillas, mezclamos todos los ingredientes del glaseado, obteniendo una crema bastante espesa. Vamos bañando las rosquillas, solo la parte de arriba, y dejamos escurrir el exceso. Las podemos secar rápidamente en el horno durante dos minutos, con cuidado de que no se quemen. Después, con la ayuda de un tenedor, esparcimos sobre el primer baños unos hilos de glaseado. Dejamos secar y…¡Ya están listas!

Bueno canallas, ¿que os ha parecido la receta? ¿cual es vuestra rosquilla favorita? ¿conocíais la historia de la tía Javiera? Deja tu comentario, dale a me gusta y comparte en las redes sociales y, como siempre, ya sabéis: si se acaba el mundo, que nos pille en la cocina.